Algo nos está robando la capacidad de admirarnos. De un tiempo a esta parte, la tecnología y sus avances precipitados no pasa desapercibida, al contrario, nos asombra más que la misma naturaleza. Hoy en día nos cuesta demasiado maravillarnos porque no ejercitamos la capacidad de asombro y de valorar todo lo que disfrutamos como tomar un café aromático o un vino delicioso en buena compañía. Es decir, las cosas artificiales superan en asombro a las cosas naturales. Nos gusta más disfrutar de lo virtual que de lo real. Es sabido que la filosofía nace con la capacidad de asombro porque nos hace capaces de apreciar una inmensidad que nos supera y en la que somos protagonistas. Hemos desdeñado el asombro y la admiración como algo infantil que nos aparta de lo esencial. Es necesario e importante el asombro, porque le sucede la imaginación. Asombro e imaginación recrean y crean nuestro modus vivendi. Y si dejamos de asombrarnos e imaginarnos por nosotros mismos, entonces, las máquinas (int...
Todo ser humano, en momentos, etapas y circunstancias de la vida, toma decisiones. Decisiones tan simples como levantarnos por la mañana, asearnos, alimentarnos, hacer ejercicios, salir a trabajar o estudiar, etc. De este modo, existen decisiones ordinarias y complicadas. Éstas pueden cambiar nuestra forma de vivir, querer salir o no de la zona de confort. Pues, a estas últimas hay que tomarlas con pinzas. La experiencia de personas que han pasado por tales decisiones, concluyen que si no puedes o te cuesta decidir, entonces es no. Interpretamos esta hipótesis: 1. Frente a la indecisión nos encontramos con una encrucijada: la comodidad y el miedo. Acostumbrados a lo fácil y sacrificarnos por algo no es apetecible. También surge el miedo al cambio: ganar o perder. Perder significa la ignominia, la vergüenza al fracaso. Ganar, lo mejor, somos excelentes personas. 2. La indecisión acarrea la ignorancia, aquella falta de información o consejo para disipar las dudas. En tal sentido, lo mejo...
👀INTELIGENCIA Y REALIDAD ESTÁN EN UNO MISMO Ante la necesidad de decidir moralmente, resulta necesario educar la conciencia. Una educación que debe empezar en la niñez y no interrumpirse, pues ha de aplicar los principios morales a la multiplicidad de situaciones de la vida. Una educación protagonizada por la familia, la escuela, las leyes justas y líderes culturales, políticos, sociales que den la talla. Una educación que lleva consigo el equilibrio personal y que supone respetar tres reglas de oro: Hacer el bien sin mirar a quien. No hacer a nadie lo que no queremos que nos hagan a nosotros. No hacer el mal para obtener un bien. La educación de la conciencia es incompatible con el relativismo moral, con la concepción subjetivista del bien. Dicho de otra manera: educar la conciencia es enseñarla a respetar la realidad, a no manipular lo que es objetivo. La inteligencia es la capacidad de conocer la realidad y conocerse a uno mismo. Y educar la...
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